Los nauseabundos y prometedores secretos de Taboo

Estar detrás del torpedo que representa el drama gansteril Peaky Blinders, como director y guionista, haber firmado el guión de la negrísima e hipnótica Promesas del Este o engendrar una cinta de puro cine como Locke tal vez no sean credenciales suficientes para los más pasotas. Pero sin duda, quien está en al mando de la nueva producción de la HBO, Steven Knight, sabe lo que se hace. Era fácil dejarse llevar por el currículum de este brillante narrador y creer a ciegas que Taboo sería la nueva quintaesencia de la sobrealimentada edad de oro de la televisión.

taboo hbo

Sin embargo, tras ver el primer capítulo de la nueva producción de Steven Knight capitaneada en el plano actoral por el omnipresente Tom Hardy, y con Ridley Scott en la producción ejecutiva, tenemos motivos sobradamente prometedores para creer que algo grande está por llegar.

Ubicada en una hostil Londres de 1814, la trama se centra en la historia de James Keziah Delaney, protagonizado por Tom Hardy, que regresa a su hogar después de vagar por África, devorado por siniestros fantasmas interiores, dispuesto a reclamar la herencia de su padre, un rico empresario de la industria naviera.  Su padre, envuelto en escándalos y rodeado de enemigos, le deja en herencia una jugosa propiedad, que supone un emplazamiento de incalculable valor estratégico para la corona británica, enfrentada en una guerra con Estados Unidos.

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Ya en el primer capítulo se intuye un drama de tintes violentos y crudos. Las piezas narrativas quedan claramente dispuestas desde el episodio piloto: De dónde viene y la proyección visceral que dibujará en los próximos capítulos. Envuelta por un malrollero legado familiar plagado de aterradores secretos, Taboo levanta sus alas apoyándose en un cartel de lujo, como Jonathan Pryce (Juego de Tronos), Oona Chaplin ( Juego de Tronos) y Michael Kelly (House of Cards).

taboo jonathan pryce

A través de Taboo y su imponente fotografía, respiramos una Londres pegajosa, grisácea y nauseabunda, logrando gracias a su preciso y granuloso tono, que los desafiantes andares del solitario James Keziah Delaney atesoren suficientes quilates de magnetismo y personalidad.

Falta saber cómo se despereza esta prometedora criatura, pero el sabor y el feeling inicial es de los que dejan poso y, sobretodo, con ganas de más.

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